Feria del Libro 2013

1 Jun

Con un lema contundente contra el desaliento, “El libro es la respuesta”, ayer abrió sus puertas la 72 Feria del Libro de Madrid. Un año más, 343 casetas y 457 expositores se plantan en El Retiro, para reencontrarse con su gente y tentar al lector esquivo. Habrá homenajes (a José Luis Sampedro) y atención personalizada a la “poesía necesaria”, al desafío digital y a desbrozar el camino de los nuevos emprendedores literarios, entre otros. El Cultural se suma a la fiesta con 6 relatos noir ocurridos en la Feria, que nos regalan algunos de los autores policiacos más exitosos. Aquí os los dejamos para que podáis disfrutarlos:

El duelo

Carlos Salem

El desafío surgió entre la Feria de Frankfurt y el Salón de París. El terreno neutral elegido, Madrid. Las autoridades aceptaron mantener el secreto. Tras la inauguración de la Feria del Libro, los duelistas disfrutaron de una opípara cena en el Palacio de Cristal antes de que el servicio se marchara cerrando el edificio por fuera. Sin testigos, los escritores más vendedores y sensibleros del mundo se leerían mutuamente sus almibarados textos para decidir quién era el mejor.

A la mañana siguiente los hallaron muertos, sin señales de violencia. Los análisis no detectaron veneno en los platos. Desesperado, el ministro autorizó al comisario Bermúdez para que pidiera la ayuda del detective Arregui, “porque mi cuñado Txema sabe de libros y esas chorradas”. Arregui observó los cuerpos sin vida de Federico Moccia, Paolo Cohello, Marc Levi y E.L.James. Estudió el contenido de los folios hallados junto a ellos.

-Tampoco hay veneno de contacto en la tinta -dijo uno de la Científica.

“Otro que lo último que ha leído fue El nombre de la rosa”, pensó Arregui.

Salió a fumar y llamó a un técnico del Samur, que realizó una sencilla prueba, ratificada varias veces.

-¿Qué pongo como “causa de la muerte”? – preguntó, sorprendido, el médico.

-Ataque de Diabetes Colectiva Merecida – dijo Arregui.

Más tarde hallaron el cadáver de Jorge Bucay, que se había degollado por accidente con los cristales de las ventanas. Nadie supo si trataba de entrar o de salir del Palacio de Cristal.


Una muerte justa

Jorge Martínez Reverte

Manuel Montagut, el comisario de Retiro descartó enseguida la violencia de género como argumento clasificatorio del asesinato de Jovita Martínez. A los noventa años, esta mujer tan poco agraciada, medio sorda y casi ciega, llevaba más de sesenta sin compartir su miserable vida con nadie. Apareció en la Rosaleda desangrada, cosida a punzadas infligidas con un bolígrafo bic. Debió de llevarle un rato el trance de morir. La única pista: un libro del mayor best seller de la Feria, de Maruja Moreno, con una dedicatoria violenta: “para tu puta madre” y una firma ilegible.

Montagut hizo lo que todo policía ordenado debe hacer: con una fotografía de la dedicatoria en la mano acudió a la editorial a la mañana siguiente. Allí, comprobó que Maruja Moreno había firmado en la caseta de la mara hasta las nueve de la noche. También, que la firma no correspondía a la autora, y que ésta se había marchado en compañía de sus editores a cenar. La celebración duró hasta mucho después de que apareciera el cuerpo de Jovita.

¿Hubo más gente esa tarde en la caseta? Una joven poetisa, Rosaura Gómez, con su libro “Mil primaveras para tu sonrisa”. ¿Firmó muchos ejemplares? Ninguno. Bueno, sí, uno, a una señora mayor. La editora se acuerda porque Rosaura gritó “al fin” cuando se acercó.

Rosaura confesó enseguida. Llevaba dos horas allí sentada, viendo cómo Maruja firmaba cientos de libros. Y la vieja le dio a ella un libro de la famosa autora para que se lo firmara. ¿No era para matarla?


Stand n°7

Carlos Zanón

Todos los escritores empezamos siendo Mozart para acabar siendo Salieri. Mi caso no es distinto. Quizás me recuerden. Me llamo Uberto Distancia y fui la joven promesa de hace 10 años. También la renovación de la novela negra de hace siete. El recambio generacional de no sé quién hace tres. Me llamo Uberto Distancia. Soy escritor y, por razones que desconozco, un día perdí la gracia del mar. Mis libros fueron igual de consistentes y entretenidos pero mi momento pasó. Sin saber por qué la luz cambia. No eres atractivo, interesante, esencial. Nadie te propone ningún artículo. No eres invitado a Feria alguna. No relevas a nadie. Te conviertes en un ser resentido, envidioso, nostálgico de no sabes muy bien qué. Vas cambiando de editor a medida que éste deja de contestar tus llamadas.

Mi última novela, El enemigo de las rubias. Un libro fantástico publicado con rutina en base a un contrato por tres novelas. 1000 euros por libro. Todo un sueldo de 83 euros mes.

A partir de ahora, también seré el escritor que asesinó a su editora por unosflyers. No está mal ¿no? Quizás se reediten mis primeras novelas. O acabe siendo autor de culto. ¿Sirve de algo decir que fue un accidente? Si ella no hubiera estado tan desagradable, si no hubiera dicho todo aquello.Si hubiera enviado el libro a los medios, si como en el caso de la nueva promesa, el relevo generacional, bla bla bla, hubiera mandado imprimir unosflyers. La empujé. Resbaló. ¿Qué más da? Ahora está a mis pies, envuelta en carteles de Paulo Coelho, en el stand número 7 de la Feria del Libro de Madrid. Pásate y te firmo mi última novela.


Señuelos

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Aquel fue un caso que trajo de cabeza a la jefatura de policía durante años. Comenzó con la denuncia de las primeras desapariciones, todas dentro del recinto de la feria del libro. Lo que más desconcertaba a los investigadores, mientras la cifra de desaparecidos seguía aumentando, era la escasa luz que los testimonios arrojaban sobre los hechos. Gracias a ellos era posible trazar el recorrido de las presuntas víctimas hasta el lugar de su desaparición, hasta los mostradores de esta o aquella caseta. Pero, en un instante fugaz, dejaban de verlas y nadie era capaz de volver a decir nada de ellas.

Para la policía era esencial descubrir cómo salían los cadáveres -si es que eran cadáveres, como luego en efecto se constató que lo eran- de los términos de la feria. Hasta la primavera de 1965 no estuvieron tras la pista correcta: fue un joven perito quien apuntó las coincidencias entre las casetas señaladas y un antiguo sistema de alcantarillado que se extendía bajo el Paseo de Recoletos, donde por entonces se celebraba el evento. A través de aquellos túneles se llevaba el asesino embalsamadas a sus presas.

Sin embargo, lo que acaparó todos los titulares fue el modo en que el criminal atraía a los incautos. Cada cierta distancia, tras los expositores escogidos, colocaba un falso autor que no se movía, ni parpadeaba, ni era más que un logrado maniquí; de la misma manera que algunos peces abisales atraen a sus capturas con el extremo luminiscente de su antena.

El asesino nunca fue atrapado. Ahora, si un escritor no está firmando, nadie se atreve a acercarse.


No queríamos sangre

Cristina Fallarás

No queríamos sangre, claro que no queríamos. Tu abuela se despertó antes de lo habitual, y era como un reloj. “Hoy no veremos pájaros”, la oí murmurar en el retrete. Habíamos empezado hacía tiempo a comernos las hojas de los libros. No les daba la gana, ese fue el problema, que no les dio la real gana de mandarnos más. No os corresponden, decían, y en eso tenían razón. Nuestros libros estaban contados. Sucedió cuando vimos, y a esas alturas muchos sufrían ya dolores de espanto, que nos íbamos a quedar sin páginas. Sucedió porque todo se estaba acabando. Hay que comer, ¿no? El primero murió contra la estatua del Ángel caído. Lo encontré una horterada innecesaria. No te puedo explicar lo que era una Feria del Libro. Es que había cientos de millones de libros sobre la tierra, sí, todos a la vez, tú no lo vas a entender. Un editor era… bah, mataron al segundo pocas horas después y todo se nos fue de las manos. Nos enteramos por la noche de que en otros sectores, la lencería, el automóvil, la bollería industrial, la biotecnología, habían sucedido arrebatos semejantes. ¿Te das cuenta? El mismo día, sin ponernos de acuerdo, todos brutales y sangrientos. Luego empezaron las cacerías, los túneles, y hasta ahora. Yo salí de Madrid en la primera desbandada, empezaba a amanecer. No he vuelto a ver un pájaro. Ni a tu abuela, de tu abuela tampoco pude despedirme.


Némesis

Lorenzo Silva

Saco mi arma y apunto. La verdad es que son tantos los objetivos que por un momento me embarga una especie de embriaguez. Aquí están todos, a mi merced, completamente ajenos a mi presencia, parapetados tras sus libros, esos mismos que, ingenuos, pretenden venderme. No imaginan quién soy: ni más ni menos que su némesis, aquel que ha venido para erradicarlos de la faz de la Tierra. Me produce un extraño placer estar aquí, mirándolos impunemente, al tiempo que pongo a punto mi herramienta para destruirlos. Es lo que tienen los avances de la técnica, la impunidad: como cuando alguien, desde un confortable despacho en Florida, controla un avión no tripulado que convierte una aldea afgana en una pila de escombros. Quieren venderme un libro, los muy pardillos. Aprieto el botón, la conexión 3G del iPhone funciona de maravilla. Comienza el fuego: uploading files. Luego bastará con enlazarlos desde otra parte. Qué placer produce hacerlo así, aquí, teniéndolos a todos a la vista, inermes, con esa pedantería suya reducida a la mansedumbre del cordero que nada puede oponer a su sacrificio. Dentro de algún tiempo, quizá venga un detective a tratar de explicarlo, a contarles a los demás cómo ocurrió todo, quién lo hizo, cuál fue el móvil. No sé si acertará a entenderlo. Si sabrá discernir que lo hice, simplemente, porque podía. Todo lo que puede hacerse, niños y niñas, ha de hacerse. Quienes no habéis comprendido esto ya no comprendéis el mundo. Estáis obsoletos. Sobráis. Seréis amortizados. Intro.

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